|
La confirmación de un aneurisma
de la arteria hepática, complicado, plantea una estrategia
de tratamiento, con una primera fase para resolución
de la ectasia y una posterior para la descompresión
del colédoco. Existen en este paciente condiciones importantes
de destacar como son: el antecedente de hemodiálisis
crónica y los episodios de sepsis secundarios a endarteritis
de fístulas arteriovenosas. El tamaño del aneurisma,
de 30 mms, excluye la embolización, quedando como alternativa
terapéutica la corrección quirúrgica de la arteria hepática
y del colédoco. El plan trazado tuvo una primera etapa
de optimización de la hemodiálisis y estudio de la coagulación,
y la segunda etapa que corresponde al tratamiento quirúrgico
propiamente dicho. Nos referiremos al segundo, pues
es el objetivo de la presentación.
Primera Etapa: El
paciente se dializó el día anterior a la cirugía para
lograr el "peso seco" y mejorar la hemostasia.
Se indica 30 mg por día de vitamina K.
Segunda Etapa: a.
Anestesia, se realiza inducción con Midazolam, continuando
la anestesia con Sevorane, Vecuronio.
TÁCTICA
QUIRURUGICA: El
paciente se ubica en decúbito dorsal, con sobreelevación
del hipocondrio derecho e inclinación de la mesa 20º
hacia la izquierda. Se realiza una incisión subcostal
a 2 cms. por debajo del reborde costal, desde la línea
axilar anterior al borde externo del recto anterior
(Incisión de Kochner). El lóbulo derecho del
hígado se rebate en sentido cefálico, maniobra que posibilita
el acceso directo al pedículo hepático.
Se aborda la arteria hepática a la altura de la arteria
gastroduodenal, dirigiendo la disección hacia su origen.
Esto permite aislar un primer aneurisma, de 1,5 cms.
de diámetro y 2 cms. de largo , que compromete el origen
de la rama derecha de la hepática.
La reconstrucción en esta parte de la arteria consiste
en resección del aneurisma, pero a la rama izquierda
de la arteria se le debe interponer un segmento de vena
safena interna para lograr la reconstrucción. Cuando
se aborda el conducto colédoco durante su disección
se produce la efracción de un segundo aneurisma, de
3 cms. de diámetro y 2 cms. de largo, ubicado en la
rama derecha de la arteria hepática. Esto determinó
la necesidad de la interrupción por clamp proximal y
paso seguido la apertura del aneurisma. Por medio de
un shunt de carótida se canula la entrada proximal y
distal del aneurisma. Utilizando la cánula como tutor
se practica un aneurismorrafia reparadora. Fig. 2.
A continuación se ubica una cánula de Kher (en T),
para drenaje del colédoco. La evolución inmediata es
rápida, con recuperación del tránsito intestinal en
48 hs.
Fig.
Nº1.
(1) Aneurisma de la arteria hepática común,
(2) Aneurisma de rama derecha, como una prolongación
del primer aneurisma. |
 |
|
Fig.
N°2'.
(1) Primer aneurisma,
en arteria Hepática Común,
(2) Segundo aneurisma en la rama derecha de la
arteria Hepática Propia,
(3) Tronco Celíaco,
(4) Conducto Hepatocolédoco, comprimido por la
ectasia.
|
 |
Fig.
N°2".
(1) aneurisma reconstruído, en (a) con la
vena safena anastomosada a la arteria, y en (b)
por una anastomosis termino-terminal , c.
(2) rama derecha de la arteria Hepática con aneurismorrafia,
(3) Tronco Celíaco, (d). tubo en T. |
 |
DISCUSIÓN:
El abordaje por incisión subcostal
obtuvo un amplio campo operatorio, que permitió corregir
una emergencia como la rotura del segundo aneurisma.
En este punto interesa destacar que aún la angiografía
en distintas incidencias no pudo "a priori" determinar
la presencia de dos aneurismas. La presencia del aneurisma
en la rama derecha era quien determinaba el síndrome
coledociano.
El protocolo de anatomía patológica informa de cambios
degenerativos inespecíficos en la pared arterial, no
pudiendo orientar hacia el origen arteriosclerótico
o infeccioso. Este punto debe tenerse en cuenta por
las sucesivas infecciones, a partir de las fístulas,
y el carácter de inmunodeprimido.
En arterias sanas o enfermas durante los episodios de
bacteriemia se produce una siembra en la pared, generando
una arteritis microbiana. Este proceso rompe la fibras
musculares y elásticas, con un debilitamiento de la
pared vascular, comenzando la formación del aneurisma.
(4)
El tratamiento de los aneurismas
de la arteria hepática depende de la localización intra
o o extrahepática. En los primeros se propone la embolización,
en tanto para los extrahepáticos la conducta depende
del diámetro. En la técnica de oclusión por embolización
deben mencionarse los informes de la literatura, sobre
la recanalización de las arterias tratadas. Esto necesitó
de una segunda intervención. Esta experiencia enfatiza
la importancia del seguimiento con ecodopler color.
Puede ser considerada como indicación una embolización
preoperatoria, con la finalidad de lograr una trombosis
temporaria y reducir las pérdidas intraoperatorias.
Por la recanalización, la cirugía tiene un sitio de
privilegio con respecto a las técnicas endovasculares.
Sin embargo ante un planteo quirúrgico deben combinarse:
a. una ectasia con un límite superior a 2,5 cms. de
diámetro y b. un paciente con condiciones generales
adecuadas.
La posibilidad de rotura de los aneurismas hepáticos
oscila de un 20 al 44%, pudiendo producirse en el conducto
biliar o el peritoneo libre. Para esta eventualidad,
la mortalidad se eleva al 50%.
(5)
Pueden indicarse las siguientes
variantes técnicas: a. la ligadura, b. la aneurismorrafia,
y c. la reconstrucción de la arteria hepática.
Considerando la primera forma -ligadura- es un método
con resultados impredecibles, con respecto al grado
de isquemia generado, y corresponde mencionar que un
paciente de la serie de Dougherty presentó una necrosis
central del hígado.(6),
(7) En
los aneurismas intrahepáticos, para situaciones especiales,
puede plantearse la resección del segmento hepático
interesado.
Lo notable de este caso es la presencia de un doble
aneurisma de la arteria hepática, el primero compromete
al primer segmento de la hepática común y el segundo
a la rama derecha de la hepática propia. Este tandem
de aneurismas determina una variante anatómica, que
en el caso de optar por una ligadura necesitaba de excluirse
desde la gastroduodenal al hilio hepático. A esta primera
limitación se suma que el diámetro lo excluye para la
embolización.
El ingreso del paciente por un
cuadro de dolor en hipocondrio derecho, orientó a un
diagnóstico de enfermedad biliar. La ecografía, fue
el primer estudio de imágenes, muestra dos elementos
para destacar: - la presencia de un cálculo en la vesícula
y - de una imagen anecoica en la proyección del hilio.
El laboratorio bioquímico presenta indicadores de hipertensión
biliar (secundaria a la compresión extracanalicular),
ellos son la elevación de la bilirrubina y la fosfatasa
alcalina.
Para completar la investigación fue necesaria la angiografía
del tronco celíaco. En ella se observan dos dilataciones.
Una primera que finaliza a nivel de la arteria gastroduodenal
y la segunda en la rama derecha de la arteria hepática
propia, próximo al hilio hepático. La íntima relación
con el conducto biliar determina la compresión del mismo,
generando un síndrome coledociano.
Los estudios de laboratorio e imágenes indican que el
origen del dolor- seudocolecistitis- pudo ser por un
aumento agudo de la presión de la vía biliar, que estaba
en forma cronicamente elevada. Este incremento súbito
podría corresponder a un crecimiento en diámetro de
la ectasia. Sin embargo, el hallazgo de un cálculo en
la vesícula, plantea la posibilidad de haber determinado
un cuadro de dolor.
La evaluación del paciente, con una situación clínica
de riesgo, inclinó a la decisión quirúrgica por el tamaño
del aneurisma, y de su complicación, el síndrome coledociano.
A lo anterior se agregan condiciones físicas y anímicas
óptimas.
Para el abordaje se elige la incisión
subcostal- incisión de Kocher-, que permite una amplia
exposición del pedículo hepático y del hilio.
Se plantean en la resolución de los aneurismas dos técnicas,
para el primero - pre y pos nacimiento de la arteria
gastroduodenal- la reconstrucción y para el segundo
la realización de una aneurismorrafia.
El primer aneurisma tiene una longitud de 1,5 cms de
largo, por 2 cms de ancho, se reseca este segmento y
anastomosa termino terminal. Debido a estar involucrada
la rama izquierda de la arteria Hepática, para reinsertarla
a la arteria reconstruida, se interpone un segmento
de vena safena (reconstrucción).
La segunda parte del acto operatorio resultó más dificultoso
porque se produjo una efracción del segundo aneurisma.
Luego del control de la hemorragia se coloca un cánula
intraluminal (USCI Nº 14).
A continuación son resecados los
bordes, empleando como tutor la cánula para realizar
la aneurismorrafia.
El conducto hepatocolédoco se descomprime por intermedio
de un tubo en T (de Kher). El paciente tiene
una recuperación sin complicaciones. En forma involuntaria
se retira el tubo produciendo una peritonitis biliar,
de presentación solapada. Finalmente se desencadena
una sepsis con falla multiorgánica.
La presencia de aneurismas en la arteria hepática, desde
el tronco celíaco al hilio requiere de la reconstrucción
arterial. La ligadura en este sector genera una isquemia
en el parénquima, de significación.(8)
El conducto vascular utilizado
en este sector es la vena safena revertida.(9)(10)
CONCLUSION
Los aneurismas viscerales son asintomáticos
en su mayoría y la complicación frecuente es la rotura.
La magnitud del sangrado es de importancia y pone en
riesgo la vida, en una tasa del 59%. Los métodos diagnósticos
son el ultrasonido, complementándose con la tomografía
axial computada, resonancia magnética y como elemento
fundamental la angiografía. Esta cumple la doble función:
diagnóstico e información de la anatomía, elemento necesario
para la reconstrucción quirúrgica. Las imágenes permiten,
a veces, la detección previa a la rotura. Pero aún así
no deja de ser una patología poco conocida y de difícil
diagnóstico.
BIBLIOGRAFIA
(1)
Lumsden A, Smith III R. Treatment
of Visceral Aneurysms. In Colligaro K (ed). Diagnosis
ad Treatment of Aortic and Peripheral Arterial Aneurysms.
1st ed. Philadelphia. W.B. Saunders. 1999; 313 (307-317)
(volver arriba)
(2)
Lumsden AB, Mattar SG; Allen RC, Bacha EA. Hepatic artery
aneurysm: the management of 22 patients. J Surg Res
1996; 60 : 35-350.
(volver arriba)
(3)
Friedman S, Pogo G, Moccio C. Mycotic aneurysm of the
superior mesenteric artery. J Vasc Surg. 1987; 6: 87-90.
)
(volver arriba)
(4)
Gelabert H. Primary Arterial Infections and Antibiotic
Prophylaxis. In Moore WS (ed). Vascular Surgery: a Comprehensive
Review.5th ed. Philadelphia: WB Saunders.1998; 169(
168- 189).
(volver arriba)
(5)
Stanley JC, Thompson NW; Fry WJ. Splanchnic artery aneurysms.
Arch Surg. 1970; 101:689-697.
(volver arriba)
(6)
Dougherty MJ; Gloviczi P, Cherry KJ. Hepatic artery
aneurysms: evaluation and current management. Int. Angiol
1993;12:178. (volver
arriba)
(7)
Shanley
CJ, Shah NL; Messina LM, Common splanchnic artery aneurysms:
Splenic, hepatic and celiac. Ann Vasc Surg. 1996; 10:315-322.
(volver arriba)
(8)
Iseki
J,Tada Y, Wada T, Nobori M. Hepatic artery aneurysm.
Report of a case and review of the literature. Gastroenterol
Jpn. 1983;18(2):84-92. El conducto utilizado en este
sector es la vena safena revertida.(volver
arriba)
(9)
Dulbecco E, Galluci E, Levy R, Suarez
LD. Hepatic artery aneurysm. Medicina (B Aires) 1996;56
(5 Pt 1):493-496.(volver
arriba)
(10)
Salcuni PF, Spaggiari L, Tecchio T, Benincasa A, Azzarone
M. Hepatic artery aneurysm: an ever present danger.
J Cardiovasc Surg.1995;36(6):595-9.
(volver arriba)
|