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En
1908, un operario del ferrocarril, descubrió una piedra a 15 km de Lüderitz.
Su superior, Augustus Stauch la hizo examinar y al confirmar que era un
diamante, compró un área de 75 km2 y fundó una compañía minera. En dos
años, se erigió una ciudad completa para que en ella vivieran los mineros
y sus supervisores con un casino, una escuela, un hospital y edificios
residenciales.
Antes de comenzar la primera guerra mundial (1914-1918), se extrajo
una tonelada de diamantes y en 1915, las fuerzas armadas de la Unión Sudafricana
derrotaron a los colonos alemanes que fueron echados; además ya no se
encontraban diamantes fácilmente y era muy caro y difícil proveer agua
a la ciudad.
Luego de la guerra, el diamante más grande fue descubierto cerca de Oranjemund
en el sur de Namibia y Kolmanskop se convirtió en una ciudad fantasma
porque fue abandonada e invadida gradualmente por la arena del desierto.
Hay cerca de cuarenta casas de excelente construcción, que han sido vandalizadas,
pero se mantienen en pie: por fuera no lucen particularmente interesantes,
pero la historia cambia cuando se entra en ellas. Muchas han perdido el
techo total o parcialmente, algunas perdieron las puertas o las ventanas
y en consecuencia la arena entra y sale dependiendo del viento y esto
cambia continuamente la fisonomía del lugar.
El paisaje es totalmente surrealista; algunas casas están cubiertas hasta
el techo por arena y esto hace posible caminar directamente sobre el techo.
Es un lugar al que uno puede volver en distintas épocas del año, a distintas
horas del día y con seguridad conseguirá fotos diferentes cada vez.
Esta ciudad está protegida por el gobierno y aunque todavía se siguen
buscando diamantes, se convirtió en un lugar turístico. Kolmanskop produce
una sensación muy extraña, pues una ciudad que fue construida rápidamente
y poblada por gente que tenía sueños para el futuro, se ha convertido
en una ciudad vacía que será borrada de los mapas cuando la arena termine
de cubrirla.
Para ir a Kolmanskop se necesita un permiso especial y se debe ir acompañado
por un guía; no se permite tocar nada ni llevarse siquiera una piedra
sin valor.
Como tuve la suerte de haber ido fuera de temporada, la guía, mi marido
y yo éramos los únicos en el lugar; allí pasamos más de tres horas y le
quedamos muy agradecidos pues no dejamos rincón sin revisar; ella fue
muy paciente y en ningún momento nos apuró, pero terminó confesándonos
que en esa oportunidad ella también conoció casas a las que nunca había
entrado. Yo hubiera deseado fotografiar a distintas horas y con diferentes
condiciones de luz (así lo han hecho muchos fotógrafos famosos),
pero no puedo quejarme: durante esas tres horas no dejé de gatillar mi
fiel cámara de 35 mm. sobre una ciudad fantasma, habitada solamente por
la arena del desierto.
Graciela
Pacagnini Blaum
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