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OPINIÓN

NO HAY MAGIA PARA EL PROCESO DE LA CIENCIA
por el Dr. Aquiles Roncoroni

Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires
Master Fellow del American College of Chest Physicians

La sociedad demuestra su aprecio por el descubrimiento científico concediendo el Premio Nobel a los mejores.

No siempre fue así. En 1647, Evangelista Torricelli miró lo que todo el mundo había mirado, vio lo que todos habían visto, pero pensó lo que nadie había pensado: que vivíamos sumergidos en el fondo de un mar de aire y sometidos a la presión barométrica. Nunca lo publicó, pues no estando en la Biblia, corría riesgo de ser acusado de ateo; además, la Iglesia Católica consideraba hereje a quien creía en el vacío, y no había otra manera de explicar el espacio provocado por el descenso de la columna de mercurio en su barómetro. Se lo contó, sin embargo, en una carta a Marin Mersenne. Este clérigo menor nunca descubrió nada, pero pensaba que la causa de la ciencia era la de Dios. Era un prolífico escritor de cartas y los pensadores de su época se carteaban con él para enterarse de las novedades (algo así como Internet, que se procura extender entre los investigadores en reemplazo de los fondos destinados a otros usos).

El peligro de la condena por herejía era concreto: el español Miguel Servet describió la circulación pulmonar y huyó de Suiza; atrapado en la frontera con Italia por el largo brazo de Calvino, pereció en la hoguera en 1553. Los científicos nunca tuvieron fueros.

En la era moderna se discute largamente cómo estimular el progreso científico y si la investigación debe ser dirigida a satisfacer problemas elegidos por los que la pagan. A menudo se critica a los gobiernos por no tener política de ciencia o ser ésta inadecuada. Es frecuente que el público y aún los que deciden ignoren algunas premisas esenciales que surgen de la historia del descubrimiento.

Todo avance está vinculado con conocimientos anteriores, a veces incorrectos, y depende de un complejo entretejido de experiencia, astucia, constancia y fundamentalmente, capacidad de creación, cualidad tan poco conocida como el resto de la mente humana.

Es fundamental el intercambio prolijo y permanente. A menudo, la chispa surge de la pregunta de un novato que no comprende algo aceptado por los hasta entonces “expertos”. Favorecer el contacto o, mejor aún, la “cohabitación” de estudiantes, profesionales e investigadores produce el casamiento entre ingenuidad, inquisitividad y experiencia, que facilita la creación.

Muchas veces, la pregunta del investigador que encargó el estudio al novato produce un resultado inesperado y luego no reconocido. En 1916, J. McLean, estudiando a pedido del profesor Howell las propiedades coagulantes de los fosfátidos hepáticos, descubrió un anticoagulante natural: la heparina. No le dieron importancia. En 1933, Best, tratando de impedir la coagulación de la sangre dentro de los manómetros que usaba en sus experimentos, consigue purificarla.

Gracias a la heparina, J. Gibbon pudo desarrollar su máquina de circulación extracorpórea, que permitió el desarrollo de la cardiocirugía y a Kolff hacer en 1943 la primera hemodiálisis extracorpórea con un riñón artificial para la insuficiencia renal en la Holanda ocupada por los nazis. También se hizo posible el tratamiento de las enfermedades asociadas o provocadas por la trombosis y la coagulación intravascular. En 1967 publicamos un estudio realizado en el Instituto María Ferrer y describimos episodios de apnea central y obstructiva durante el sueño en un obeso que se dormía en cualquier momento. No nos dimos cuenta de la importancia del hallazgo hasta años más tarde: el estudio de la respiración durante el sueño es hoy una subespecialidad.


El genio y la casualidad

Muy frecuentemente el descubrimiento es realizado por personas aparentemente no aptas: Einstein, un mal calificado estudiante, oscuro empleado en la Oficina de Patentes de Berna, enuncia en 1905, a los veintiséis años, la teoría de la relatividad y cambia la física de Newton. Banting, cirujano general de un pueblo cercano a Toronto, y Best, estudiante de medicina, descubren la insulina en 1921 a pesar del intento disuasivo del profesor Mac Leod.

La casualidad desempeña un papel importante. En 1929, un hongo penetra por una ventana abierta en una placa de cultivo y Fleming descubre la penicilina, aunque, posiblemente por el peso de una autoridad supuestamente omnisciente, no la ensaya en la infección experimental. Pasan once años hasta que Florey y Chain, a pesar de la falta de apoyo del Consejo de Investigaciones británico, la usan en ratones infectados, y surge la posibilidad de su uso humano y el Nobel para Fleming, Chain y Florey. Roentgen, provocando en 1895 una descarga eléctrica en un tubo de vacío, observa emanaciones que surgen del cátodo y excitan fluorescencia, y descubre los rayos X.

La autoridad puede retardar el progreso. Grandes cirujanos y cardiólogos opinaron hasta comienzos de siglo que el corazón no podía ser suturado, y luego, que no era útil cambiar o reparar sus válvulas enfermas, dado que lo importante era el músculo cardíaco. El gran cirujano alemán Sauerbruch expulsó de su cátedra en 1929 a W. Forssman, considerando que el cateterismo cardíaco derecho por él introducido era una treta de circo. En 1956, Forssman recibió el Premio Nobel junto con A. Cournand y D. W. Dickinson Richards.


Seleccionar a los investigadores

No siempre la investigación dirigida es la más útil. En 1976, Comroe y Dripps estudiaron los mayores avances de la clínica y cirugía cardiopulmonar entre 1945 y 1975. El 41 por ciento de los trabajos fundamentales no tenía relación alguna con las enfermedades que luego ayudaron a prevenir, tratar o aliviar.

Otras veces la investigación dirigida es útil. En 1898 se denominó renina a la sustancia hipertensora del extracto de tejido renal. En 1934 se descubre que la ligadura experimental parcial de la arteria renal provoca hipertensión. Poco más tarde, Bernardo Houssay, conmovido por la muerte de un discípulo, decide estudiar la hipertensión experimental así provocada.

En 1938, Leloir, Taquini, Braun Menéndez, Fasciolo y Muñoz hallan que la renina produce su efecto generando un péptido al que llaman hipertensina. Al mismo tiempo, Page la aísla en Estados Unidos y la llama angiotonina. De común acuerdo se la bautizó: angiotensina. Se descubre luego que una enzima origina la sustancia realmente activa. Más tarde, la inhibición terapéutica de esta enzima cambia el tratamiento de la hipertensión y de la insuficiencia cardíaca.

En 1960, cuando ingresé en la carrera del investigador del Conicet, su creador, Bernardo Houssay, lo había concebido como “empresario” de la inteligencia: otorgaba fondos para proyectos considerados útiles. Después de Houssay se consideró que los edificios y aparatos eran más importantes que la gente que los usa, de acuerdo con la idea tan popular entre los políticos de que no hay nada que no se arregle con un edificio nuevo. Se crearon institutos dependientes, que requirieron grandes inversiones en edificios, equipos, mantenimiento etcétera, y alejaron a los científicos de los alumnos. Como decía Alfredo Lanari en 1979: “Todos los reglamentos, sistemas, supervisiones y auditorías valen menos que elegir bien a los investigadores basándose en lo que han hecho. Luego será conveniente dejarlos lo más libres posible, para que, con el tiempo suficiente y el apoyo económico necesario, puedan cumplir con su vocación de enseñar e investigar y, a la vez, servir al país”.

No hay recetas mágicas. La investigación dirigida es resultado de la inversión. La espontánea se estimula creando un ambiente favorable donde no exista el peso de una autoridad supuestamente omnisciente y se cultive la duda y la búsqueda de respuestas. No hablaré del presupuesto, pues, no siendo economista, mi pensamiento carece de importancia.

* Con Autorización del Autor. Publicado en el diario “La Nación” 10/11/2000.

   




Si yo tengo una
manzana,
y tú tienes otra y las intercambiamos, cada uno de nosotros tendrá una manzana.
Si yo tengo una idea, y tu tienes otra y las intercambiamos, cada uno de nosotros
tendrá dos ideas.

Bernard Shaw

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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