EN
BÚSQUEDA DE LA MINORÍA CREADORA
por el Dr. Aquiles Roncoroni para
LA NACIÓN
En
sus Estudios históricos, Arnold Toynbee interpreta los mecanismos
de desintegración de las civilizaciones. Las sociedades primitivas
se inspiraban en la copia de las virtudes e ideas de hombres desaparecidos.
Las sociedades modernas se desarrollan sobre la base de las ideas
de innovadores presentes.
Una sociedad nace por obra de pocos:
la minoría creadora, cuyas ideas subyugan a la mayoría, cuando
deja de ser creadora se convierte sólo en dominante;
su devoción por el mantenimiento de sus privilegios provoca la
secesión del proletariado dominado y el inicio de turbulencias.
Proletariado no implica pobreza sino exclusión y resentimiento
por no participar en la toma de decisiones.
La minoría dominante enrola a individuos de la mayoría dominada,
recompensados con el salto de clase. Deben ser "confiables"
en la adhesión a las conveniencias de la minoría dominante, su
"lealtad" es garantizada por sus "referentes políticos".
Del
cisma social sólo se sale por la palingenesia (nacer de nuevo),
producto siempre de nuevas minorías creadoras. La circunstancia
genera "salvadores" diferentes: los arcaizantes pretenden reconstruir
el pasado preservando el privilegio, los futuristas innovan. Nuestra
circunstancia requiere recrear el pacto social. El motivo esencial
de la crisis es la generalizada desconfianza en la clase dirigente.
Algunos se apartaron de la cosa pública para conservar su integridad
moral; otros, creyendo inútil el esfuerzo. Se abrió así el camino
a una clase política desprestigiada no sólo por los resultados
de su gestión sino también por su vocación de salvación económica
personal, razonable en su condición de personas, pero no de funcionarios.
Son obstinadamente renuentes a compartir las penurias amparados
en legislación que ellos mismos crean en su propio interés, por
ejemplo el disfrute ad vitam de prebendas como las jubilaciones
privilegiadas.
Antes
la vocación política podía arruinar materialmente, como le ocurrió
a Hipólito Yrigoyen. Alrededor de 1940 podía verse en Perú y Avenida
de Mayo a su vicepresidente Elpidio González sentado en un banquillo
comerciando baratijas. Recordemos a Arturo Illia, médico en Cruz
del Eje, que luego de su presidencia tuvo que ir a vivir a la
casa de su hermano. Muerte de una civilización. Ahora es diferente.
Después de las interrupciones del orden constitucional, los legisladores
suspendidos en sus funciones fueron indemnizados por las dietas
no percibidas. Miembros del Poder Judicial pueden esquivar el
corralito bancario. ¿Cómo puede el ciudadano
admitirlos como "reserva moral" de la República y soportar pesados
tributos cuando observa la autopreservación de los dirigentes?
El ejercicio del poder y la inestimable posibilidad de influir
sobre el curso de la República no los satisface. Pasan la vida
envueltos en excepcionales prerrogativas. Pueden dedicarse indefinidamente
a cultivar y preconizar sus ideas, sin la necesidad de asegurar
su sustento.
La
democracia implica igualdad y que la clase dirigente sea mejor
que la dirigida. La civilización egipcia persistió 4500 años
(el doble de nuestra civilización occidental) y pereció cuando
la minoría dominante dejó de ser tolerada por la mayoría dominada.
La secesión del proletariado, constructor material de las pirámides,
acaeció cuando sólo el faraón y sus cortesanos podían acceder
a la inmortalidad administrada por los sacerdotes de Ra. Se popularizó
entonces el culto de una deidad subterránea, Osiris, no demandante
de bienes materiales. Guardando las distancias entre una civilización
y nuestro país, es razonable que la historia se repita cuando
una nueva minoría creadora cautive a la mayoría, hoy incrédula,
desilusionada y revuelta.
"Se embisten brutalmente, pelean por el botín. Los demás son
para ellos tipos avariciosos y a sí mismos se consideran buena
gente. Sin cesar los vemos enfurecerse y combatirse entre sí.
Tan sólo cuando ya no queremos seguir alimentándolos se ponen
de pronto todos de acuerdo" (Bertolt Brecht, Devocionario del
hogar , 1927).
El
autor es profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires y
master fellow del American College of Chest Physicians. Copyright
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