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OPINIÓN

BIOÉTICA, PODER E INJUSTICIA: Por una Etica de Intervención
Conferencia inaugural, dictada en el marco de las Jornadas Preparatorias para el Congreso Internacional de Bioética - Brasilia - Octubre 2002, Presididas por el Dr. J. C. Tealdi.

VOLNEI GARRAFA: PhD; Profesor titular y coordinador del Núcleo de Estudios e Investigaciones en Bioética de la Universidad de Brasilia, Brasil; Presidente de la Sociedad Brasileña de Bioética (2001-2004); miembro titular de la Comisión Nacional de Ética en la Investigación del Ministerio de Salud de Brasil; Presidente del Sexto Congreso Mundial de Bioética (Brasil, 2002).

DORA PORTO: Graduada en Antropología; especialista e investigadora asociada del Núcleo de Estudios e Investigaciones en Bioética de la Universidad de Brasilia, Brasil; alumna del Programa de Post-Graduación en Ciencias de la Salud - área de concentración Bioética - de la Universidad de Brasilia.

E-mail: bioetica@unb.br

A partir de los años 90 nuevas perspectivas teóricas críticas emergieron en el contexto de la bioética (Gert & Clouser, 1990; Holm, 1995; Gert, Culver & Clouser,1997) [1]. Esos cuestionamientos tuvieron el mérito de trazar pautas a los debates mundiales que hasta entonces habían estado consideradas apenas tangencialmente por los abordajes tradicionales (Garrafa, Diniz & Guilhen, 1999) [2].
Problemas persistentes constatados en la cotidianidad de los países periféricos -como la exclusión social y la concentración del poder; la pobreza, la miseria y la marginalización; la globalización económica internacional y la evasión dramática de divisas de las naciones más pobres para los países centrales; la falta de consolidación de la cultura (o de políticas efectivas) de defensa de los derechos humanos universales y del ciudadano; la inaccesibilidad de los grupos económicamente vulnerables a las conquistas del desarrollo científico y tecnológico; y la desigualdad de acceso de las personas pobres a los bienes de consuno básicos indispensables para una supervivencia humana con dignidad, entre otros aspectos - pasaron a formar parte como temas obligatorios de aquellos estudiosos e investigadores que desean trabajar una bioética transformadora, comprometida e identificada con la realidad de los países llamados "en desarrollo" (Garrafa, 1995; Garrafa, 1997; Granda, 2000) [3].

Tomando como punto de partida la constatación de indeseables indicadores de desequilibrio social que desembocan en paradojas éticas insustentables, la búsqueda de respuestas prácticas y éticas con base en referencias teóricas más apropiadas, se torna prioritaria para los países pobres del Hemisferio Sur.
A partir de la construcción de un nuevo marco referencial crítico y epistemológico, dialécticamente engarzado en las necesidades de las mayorías populares excluidas del proceso del desarrollo, los dilemas de la bioética reiteradamente detectados por los especialistas periféricos pudieran pasar a ser enfrentados con más objetividad. El propósito del presente artículo, por tanto, es procurar avanzar en el contexto internacional, a partir de América Latina, con una propuesta de discusión de una bioética fuerte, una bioética de intervención, con una perspectiva periférica que se distinga de los abordajes de la bioética tradicional, fundamentalmente el Principalismo, de marcada connotación anglo-sajona.


Esta propuesta ya fue introducida por uno de nosotros, anteriormente, en congresos de bioética realizados en Brasil (1998), Argentina (1999), Panamá (2000), Bolivia (2001) y México (2001). En este sentido, la "hard bioethics" defiende como moralmente justificables, entre otros aspectos:
a) en el campo público o colectivo: la priorización de políticas y toma de decisiones que privilegien al mayor número de personas y por el mayor espacio de tiempo posible, en perjuicio de ciertas situaciones individuales, aunque considere excepciones puntuales a ser discutidas;
b) en el campo privado o individual: la búsqueda de soluciones viables y prácticas para conflictos identificados como propios del contexto donde se originan.

Así mismo, esa nueva propuesta teórica promueve una alianza concreta con el grupo social históricamente más frágil, incluido un reanálisis de los diferentes dilemas, entre los cuáles: autonomía versus justicia/equidad; beneficios individuales versus beneficios colectivos; individualismo versus solidaridad; omisión versus participación; reformas superficiales y temporales versus transformaciones concretas y permanentes.


SISTEMATIZANDO CONCEPTOS Y FUNDAMENTANDO LA PROPUESTA

Diversos conceptos y categorías utilizados en el presente estudio requieren ser debidamente presentadas. La primera de ellas se refiere a una gran clasificación para los temas más comunes relacionados con la bioética, la cual es utilizada como base referencial para la organización de los cursos y asignaturas ofrecidos por el Núcleo de Estudios e Investigaciones en Bioética de la Universidad de Brasilia, Brasil, en los niveles de graduación y postgraduación.

La bioética de las situaciones persistentes se relaciona con aquellas condiciones que existen en las sociedades humanas desde la Antigüedad, como la discriminación de la mujer, la exclusión social, el racismo, la inequidad en la asignación y distribución de recursos sanitarios, el abandono de niños y ancianos, el aborto, la eutanasia, entre otras.

La bioética de las situaciones emergentes se refiere a los conflictos devenidos del acelerado desarrollo científico y tecnológico surgidos en los últimos cincuenta años, entre los cuales se encuentran las nuevas técnicas de reproducción - incluida la clonación reproductiva y la terapéutica - el Proyecto Genoma Humano y los avances en el campo de la ingeniería genética, los trasplantes de órganos y tejidos humanos. Otras expresiones utilizadas en este trabajo son aquellas que mencionan a los países centrales y periféricos. Lo "central", en este caso, significa los países del mundo donde los problemas básicos como salud, educación, alimentación, vivienda y transporte ya están resueltos o en vías de solucionarse. Lo "periférico", por otro lado, son aquellos países que los organismos internacionales acostumbran a llamar "en desarrollo", y donde la mayoría de la población continúa luchando por la obtención de condiciones mínimas de supervivencia y dignidad y, principalmente, donde la concentración de poder y riqueza se encuentra en manos de un número reducido y cada vez menos representativo de personas.
La mundialización de la economía a través del fenómeno de la globalización, por su parte, en vez de aminorar las diferencias entre ricos y pobres del planeta, agudiza estas contradicciones, acentúa esos problemas. A esta altura, no se puede dejar de mencionar, también, las diferencias existentes al interior de los propios países pobres, donde los ciudadanos socialmente "centrales" están cada vez más distanciados de los socialmente "periféricos". Los bioeticistas que trabajan en unos y otros países o con unos y otros grupos sociales (privilegiados/incluídos y desprivilegiados/excluídos), acaban por tener que enfrentar conflictos y problemas de orígenes diversos, así como también de dimensiones y complejidades completamente diferentes. Las respuestas a estos hechos, las interpretaciones de los mismos, así como la decisión para resolverlos o por lo menos para darles un curso favorable, por tanto, no pueden ser iguales.

En estos treinta años la bioética viene buscando crear instrumentos teóricos y metodológicos para resolver conflictos y reforzar el lado más frágil de estas interrelaciones. Los bioeticistas de los países periféricos no deben aceptar más -y los de América Latina particularmente- el creciente proceso de despolitización de los conflictos morales.
Lo que está aconteciendo, muchas veces, es la utilización de una justificativa bioética como herramienta, como instrumento metodológico, que acaba sirviendo de modo neutral apenas para la lectura e interpretación de los conflictos, por más dramáticos que sean. De esa manera, es atenuada (y hasta anulada, apagada) la gravedad de las diferentes situaciones de conflictos, principalmente aquellos colectivos y que, por tanto, acarrean las más profundas distorsiones sociales. Para reafirmar la necesidad de que la bioética se dedique con más vigor al tema de las desigualdades sociales, basta recordar que existen lugares como Sierra Leona o Burkina Fasso, en África, donde la expectativa de vida de las personas al nacer apenas sobrepasa los 30 años de edad, mientras en Japón y en algunos países europeos y Estados Unidos de Norteamérica ya está alrededor de los 80 años, o sea más del doble. En Brasil, un pobre que nace en la región nordeste, la más desfavorecida del país, vive como media quince años menos que un pobre nacido en la región sur, la de mayor desarrollo. De la misma forma, mientras en Uganda el gasto anual per capita en salud alcanza algunos pocos dólares por año y en América Latina oscila entre los 200 y 400 dólares, en la mayoría de los países de Europa Occidental sobrepasa los 2 mil dólares y en los Estados Unidos ya se aproxima a los 3 mil. Dentro de la misma línea de ejemplo, en 1998 se gastó en investigaciones de medicamentos contra el VIH/SIDA, cincuenta veces más recursos que en el combate a la malaria, cuando se sabe que ambas enfermedades mataron, en aquel mismo año, un número semejante aproximado de 2 millones de personas en todo el mundo.
La diferencia en esa absurda inequidad en inversión de recursos está en que el SIDA es una pandemia que causa enormes daños y perjuicios en países ricos y pobres indistintamente, y ha logrado visibilidad pública internacional, mientras que la malaria, dolencia característicamente "tercermundista" y circunscrita casi exclusivamente a los países pobres, no despierta intereses económicos en los grandes laboratorios privados y públicos de los países centrales a invertir en caras inmunizaciones y medicamentos para los que no pueden pagar por ellas.

Lo que define las prioridades no es la demanda o las necesidades detectadas en la realidad social: es el mercado. Y el mercado se ha mostrado cada año más perverso, con reglas cada día más proteccionistas para los países ricos, los más insensibles. Si conocemos que estrictamente en términos de información genética todos los seres humanos - esquimales de Groenlandia, rusos blancos del Caúcaso, aborígenes de Australia, mayas quichés de Guatemala, anglosajones, chinos, polinesios, latinos o javantes de Brasil - somos absolutamente iguales, el conflicto sobre las disparidades, las desigualdades y la inaccesibilidad a los bienes básicos de consumo, se hace más evidente.

Ante las pandemias y mortandades ocurridas principalmente en África durante el siglo XX y mostradas por la televisión en vivo y a color para todo el mundo - cuando el "desarrollo" presumiblemente ya había alcanzado a todos los cinco continentes - las justas preocupaciones animalistas de Peter Singer (Singer, 1999) [4] parecen tan anacrónicas, como fuera de lugar. Y los "extraños morales" de H. T. Engelhardt Jr. (Engelhardt Jr., 1998) [5] corren el riesgo de ser re-denominados de "discapacitados morales" o "excluidos morales" ya que el término "extraños" parece ser demasiado suave (o demasiado frágil) para reflejar las absurdas desigualdades existentes entre ricos y pobres, entre incluidos y excluidos, entre "centrales" y "periféricos".

En este sentido, vale rescatar que el verdadero significado de equidad no representa lo mismo que igualdad. La igualdad es la consecuencia deseada de la equidad, siendo esta apenas un punto de partida para aquella. O sea, es solamente por medio del reconocimiento de las diferencias y las necesidades diversas de los sujetos sociales que se puede alcanzar la igualdad.
La igualdad, que la Revolución Francesa incluyó en su simbología hace más de 200 años, no es más que un punto de partida ideológico visto de forma exclusivamente horizontalizada y con tendencia a anular las diferencias.
La igualdad es un punto de llegada de la justicia social, referencia de los derechos humanos más elementales, donde el objetivo futuro es el reconocimiento de la ciudadanía (Garrafa, Oselka & Diniz, 1998)[6]. De esta forma, la equidad, o sea, el reconocimiento de necesidades diferentes, de sujetos también diferentes, para perseguir objetivos iguales, es uno de los caminos de la ética práctica para la realización de los derechos humanos universales, entre ellos el derecho a una vida digna, representado en esa discusión por la posibilidad de acceso a la salud y demás bienes indispensables para la supervivencia humana en el mundo contemporáneo [6].

Un ejemplo de ese concepto vertical de equidad anteriormente defendido puede ser lo que sucede en Suecia, donde la mortalidad infantil entre hijos de ricos y pobres es exactamente la misma, o sea, tres muertes en cada mil niños nacidos vivos; en otras palabras, en aquel país hijos de pobres y hijos de ricos tienen la misma probabilidad de sobrevivir al nacimiento. Vale recordar que en Suecia la responsabilidad por las áreas prioritarias como la educación, salud y otras, son determinadas por el Estado y no definidas por el libre mercado.
Así mismo, ante todas las agudas cuestiones mundiales aquí mencionadas que se refieren al campo de la ética, es que decidimos proponer para los países periféricos un nuevo enfoque de la bioética a partir de prácticas intervencionistas, directas y duras, en sentido de la instrumentalización y procura de disminución de las inequidades observadas.

En una reunión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) realizada en Ginebra el primer semestre del 2001, el gobierno brasileño dio un ejemplo concreto en este sentido al proponer a la asamblea - y ser su propuesta aprobada - que los casos de riesgos para la salud pública o acceso de los países a los medicamentos pasasen a ser considerados una cuestión de derechos humanos, principio que, tras duros debates, fue refrendado en la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC) desarrollada en Doha, Quatar (noviembre del 2001).


FUNDAMENTACION TEORICA

Un representativo número de filósofos identifica las ideas de ética y moral como sinónimos. Ambas promueven el respeto al patrón ideal de comportamiento para la optimización de la vida social. Sin embargo, no será el objetivo de este trabajo analizar las raíces históricas de la identificación de estas dos clasificaciones; consideramos necesario establecer una distinción entre ellas, partiendo da la manera como entendemos y valoramos esos conceptos. En las representaciones colectivas que conforman el entendimiento y la utilización de estas categorías, percibimos que la principal diferencia entre ellas reside en el hecho de atribuirse a la primera un carácter abarcador, que le confiere la cualidad de fenómeno universal y generalizador, y a la segunda las características de fenómeno cultural específico, relacionado a los valores de cada grupo social.
Reconocemos la moral como plural, en tanto acreditamos a la ética las características de unidad y trascendencia. Los valores que orientan la construcción de la idea de ética, según esa creencia de la civilización occidental, implica su reconocimiento y aplicación por grupos sociales con parámetros morales diversos. La ética representaría un patrón propio al conjunto de las diferentes sociedades y moralidades, siendo expresada en la intersección de los elementos comunes a todas ellas. La existencia de una verdadera discusión ética implica trascender posiciones e intereses de grupos. Si en un nivel simbólico las ideas de ética y moral parecen más o menos claras, en la práctica lo que se tiene constatado es la enorme dificultad de encontrar esos puntos de intersección.

La comprensión de la diversidad moral de las sociedades humanas comenzó a ser entendida solamente en las últimas décadas. Anteriormente, las diferencias morales entre ellas, o entre los grupos en un mismo contexto, eran sistemáticamente silenciadas. La perspectiva evolucionista, que es consubstancial a la ideología y moral contemporáneas en las sociedades occidentales, minimiza la idea de diferencia y legitima la dominación. Sociedades, culturas, ideologías e moralidades son clasificadas por una perspectiva estrictamente materialista, que considera apenas el desarrollo tecnológico y entendidas como partes de un proceso evolutivo monolítico. No obstante esa visión niveladora, las diferencias morales de cada una de las sociedades subsisten como telón de fondo a los avances del capitalismo. Apoyada en el desarrollo científico y tecnológico, la lógica capitalista transforma las diversas sociedades en mercados y las moralidades se tornan obstáculos a su proyecto de crecimiento ilimitado. Las propuestas de "double standard" para los ensayos clínicos de nuevos medicamentos en países ricos y pobres, que vienen originando tantas discusiones y protestas internacionales en los últimos años, es buena prueba de eso, una vez que la esencia de la propuesta incide en la flexibilización de los parámetros éticos para las investigaciones con seres humanos (Garrafa & Prado, 2001) [7].


CONCENTRACION DE PODER, DESARROLLO TECNOLOGICO Y PLURALISMO MORAL

El desarrollo tecnológico sin precedentes en la historia alcanzado en el siglo XX, dividió a la humanidad, más allá de las fronteras políticas, en dos grupos distintos. Un pequeño grupo que detenta el poder y la tecnología, representada por los países centrales, y el gran grupo que se le somete, los países periféricos. En esos grupos, la división porcentual de los habitantes de la Tierra sigue la misma proporción. En el grupo que concentra el poder se encuentra la minoría de la población en cuanto que en el grupo que se somete al poder central se concentra la mayoría de los habitantes del planeta.
La distribución de la riqueza y el consumo de recursos es inversamente proporcional a la división numérica de la población. La minoría numérica de las sociedades dominantes buscarán anular ideológica y moralmente la legitimidad de las demás, con el objetivo de imponer un patrón unico. En la práctica, las diferentes moralidades fueron subyugadas en el proceso de expansión y dominación hegemónica.
La producción de alimentos en el mundo actual, por ejemplo, supera en centenares de millones de toneladas las necesidades nutricionales de los 6 mil millones de habitantes del planeta. Entretanto, por problemas distributivos, se incrementa el número de personas que sufren de hambre y sus consecuencias. Si la tecnología desarrollada por el poder hegemónico de los países centrales, desde el poderío bélico a los medios de comunicación, alcanzó la dimensión planetaria con la expansión cualitativa y cuantitativa del modelo económico capitalista neoliberal, esa ampliación de la esfera de influencia trajo como corolario la conciencia de las particularidades morales de cada sociedad, al ser claras sus diferencias.
A partir de la II Guerra Mundial la realidad planetaria estuvo, cada vez más, marcada por el intercambio entre las esferas regionales y globales y el contacto entre éstos contextos hechos hizo surgir, a veces de forma violenta, conflictos sectorizados.

Esa conciencia del pluralismo moral que se intensificó especialmente en la segunda mitad del siglo XX, trajo consigo la paradoja oculta de la representación de la ética como un fenómeno universal. La creencia de que cada contexto social, en la moralidad que le es inherente, organiza la visión del mundo y le confiere sentido a la práctica social, reafirmó la conciencia del antagonismo. La relación de poder que subyace a los conflictos morales refuerza en la conducta diaria la intolerancia frente a la diferencia. La ausencia de respeto marca las relaciones entre sociedades e las inter-relaciones entre individuos. Esos conflictos evidentes en la lucha de cada una de las moralidades por su reconocimiento y legitimación en la dimensión global, simbolizan las batallas reales y diarias por el poder. Son muestra, en la dimensión moral, de la resistencia a una perspectiva hegemónica, la necesidad de admitir en el plano simbólico las diferencias y principalmente de transformar en la práctica la estructura y las relaciones de poder. Según Engelhardt Jr. (Engelhardt Jr., 1998) [5], todas las tentativas de establecer una conceptualización universal de la ética se basan en la traspolación de características específicas de determinados grupos sociales. Entonces, todo lo que consideramos como ética sería sólo el reflejo de nuestras posiciones morales.


GLOBALIZACIÓN, PLURALISMO MORAL Y ASIMETRÍA. EL FRÁGIL ARGUMENTO DE LA TOLERANCIA

Si del reconocimiento más extenso de las diferencias morales entre las diversas sociedades del mundo resalta la idea de la pluralidad, al mismo tiempo refuerza la noción de interdependencia y totalidad. Las tecnologías existentes hoy han aumentado las posibilidades de comunicación e intercambio de información, pero también han colaborado con la creación de una "cultura de masas" coadyuvante a fomentar las demandas del consumo. La creencia en la sentencia capitalista de que "el fin justifica los medios", justificó la apropiación de los recursos naturales y humanos de los países periféricos, mientras acentuaba la desigualdad y disminuía las posibilidades de surgimiento de estrategias políticas y económicas autóctonas. La diseminación del capitalismo a nivel planetario agudizó el choque entre las perspectivas del contexto mundial y local. Si por un lado las diferencias fueron notadas y relativizadas, por otro la "cultura de masas" estableció la noción de totalidad. Este contraste ha originado una creciente fricción entre las dos esferas.
En el ámbito regional la "cultura de masas" descaracteriza y subvierte los valores morales. En el ámbito mundial esta ambigüedad es sentida en la insurgencia y luchas de facciones o grupos organizados que buscan garantizar modelos de vida y moralidades diferentes del patrón hegemónico. La cuestión que nos interesa mostrar en este trabajo son los obstáculos aparentemente insuperables para el establecimiento de una ética universal. En la medida en que diferentes grupos culturales dentro de un mismo contexto social, o que sociedades distintas empiezan a aumentar sus contactos, la diversidad moral y de intereses económicos de cada uno se hacen evidentes, creando verdaderos abismos de comprensión. A pesar de esta certeza, subsiste la necesidad y se intensifica la voluntad de establecer un patrón universal para orientar el comportamiento. Los múltiples conflictos que venimos presenciando muestran que es preciso establecer urgentemente las bases de una nueva discusión ética. Parámetros que permitan el diálogo bilateral y simétrico entre moralidades de diferentes sociedades y posibiliten una convivencia equilibrada entre los que detentan y los que están sometidos al poder; entre países centrales y periféricos. Aunque la urgencia de esta discusión pueda presentar diferentes grados de necesidad para los dos grupos, ésta parece indispensable tanto para quienes pretenden minimizar confrontaciones consideradas innecesarias, como los países centrales a los que acarrean inestabilidad y pérdidas económicas, como para quienes necesitan dirimir conflictos insoportables, que es el caso de los países periféricos, donde estos embates constituyen una cuestión de supervivencia. La creencia despótica en certezas absolutas, que marca el desarrollo científico y la expansión capitalista, revela la parcialidad de sus premisas que se hacen cada vez más insustentables. Los arduos esfuerzos realizados en el sentido de encontrar patrones éticos que permitan normatizar las relaciones en el ámbito global, han sido infructuosos. Cuando se intenta trasponer las propuestas morales que guían la conducta en un medio particular para un nivel más abarcador de los conflictos actuales, éstos reflejan su difícil arbitrio. Mediante la fuerza de coerción del poder hegemónico, la tentativa de suprimir los conflictos aumentan las diferencias y amplían las desigualdades. La propia idea de igualdad sembrada en una tierra seca por la injusticia se convirtió en una herramienta más para aumentar al máximo la dominación. ¿Cómo legitimar entonces la ética ante tales y tan numerosas expectativas? ¿Cómo arbitrar los conflictos sin hacer valer la "ley del más fuerte"? ¿Qué argumentos pueden validar ante la pujanza del poder hegemónico las bases mínimas para la convivencia armónica que limite abusos y arbitrariedades de los poderosos y disminuya la vulnerabilidad de los desposeídos?

La dificultad parece tan tremenda que estamos tentados a declarar imposible encontrar un punto de convergencia entre las moralidades que permitan la existencia de la ética, en el sentido que la entiende y considera la civilización occidental: un grupo de modelos de conducta que incluye las moralidades de los contextos culturales específicos y trasciende la moral hegemónica. La angustia y la resignación frente a ese obstáculo nos puede inclinar no sólo a declarar de hecho la inexistencia de la ética, sino la imposibilidad total de su creación, relegándola a la condición de utopía respecto al futuro, o la de imagen mítica de cuando buscábamos ávidamente una salida en el pasado, lo que parece un sueño con un amargo despertar a una existencia desencantada y nihilista.
La inexistencia de ese punto de partida para la construcción de una teoría ética, paraliza los esfuerzos por tratar de trascender el impasse. Estamos con las manos y la conciencia atadas con un nudo que limita nuestra mirada al horizonte que pretendemos trascender, porque aún no hemos encontrado los modelos mínimos para establecer la ética universal que necesitamos, mientras tratamos de ablandar los conflictos a través de paliativos como la idea de la tolerancia en las relaciones e interrelaciones [Engelhardt Jr., 1998) [5].
Aunque la tolerancia es el mínimo obvio para la producción del diálogo en la colisión entre las diferencias, es incapaz por sí misma de suprimir las desigualdades. Una profundización del diálogo sólo es posible cuando hay simetría de poder entre los interlocutores. Siempre que exista una asimetría, se estancará la posibilidad real de cambio. La tolerancia frente a la asimetría lleva el relativismo a niveles insuperables, transformando el diálogo en la aceptación y la subordinación.


LA FINITUD DE LOS RECURSOS NATURALES

La otra forma de tocar la intrincada tela tejida por las necesidades humanas de poder y creencias que están en la base de esta discusión, nos remite a puntos totalmente diversos. Conscientes de la dificultad de intermediar el diálogo entre las diferencias y establecer límites a la insana búsqueda de expansión del poder hegemónico, nos abandonamos a procurar puntos de convergencia para el establecimiento de una ética en la esfera exclusiva de las relaciones humanas.

Si el capitalismo se apoya en teorías que preserven la necesidad del crecimiento ilimitado, con esa recién adquirida conciencia de la finitud de los recursos naturales, nos moviliza a intentar establecer límites en nombre de la preservación de esta casa-planetaria. Ante la rigidez de los dogmatismos que inviabilizan la dignidad de la existencia humana, minando la equidad y el respeto por las diferencias, optamos por transferir el enfoque de nuestras preocupaciones a la esfera del ambiente que nos es inmediatamente cercano.

El hecho de que los recursos naturales sean limitados y que su extinción afectará no sólo al estilo de vida de la civilización occidental, sino a todas las sociedades, parece servir de punto de apoyo sólido para inducir a la flexibilización de las posiciones arbitrarias e inconsecuentes. Es de esperar que los datos de incontrovertible veracidad del argumento ecológico terminarán, más tarde o más temprano, por provocar transformaciones en la política económica de los países centrales, incluso en aquellos donde su liderazgo es evidentemente obtuso. Aunque es incuestionable que los límites de la sustentabilidad ecológica necesiten ser discutidos y la dirección de la tríada economía-ciencia-tecnología reevaluada, tomar esa perspectiva como único punto posible de contacto y transformarlo en la panacea universal para establecer una ética de las relaciones y las interrelaciones, es aceptar una condición completamente abyecta a nosotros como especie, irremediablemente sujeta a un narcisismo etnocentrista.

La adopción del discurso ecológico como "a piece de resistence" de nuestros esfuerzos por encontrar modelos éticos universales, apenas refleja la angustia, la impotencia y la incapacidad de transformar nuestra visión del mundo aparentemente marcada por imperativos absolutos. Siendo los recursos naturales finitos y de todos, no es posible aceptar pasivamente que los países más desarrollados (y ricos) continúen atacando la naturaleza como está sucediendo hasta ahora.

Pasados diez años de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo realizada en Río de Janeiro en 1992 (ECO-92) donde se propusieron acuerdos para el acceso y uso de la diversidad biológica, así como también acerca del clima y la contaminación, la situación ha empeorado significativamente en el 2002.
En esa ocasión 144 países ratificaron la convención. La excepción fue Estados Unidos de América del Norte, que continúa además siendo el único país en negarse a firmar la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático acordada en Kyoto, Japón, en 1997. El resto de las naciones desarrolladas se comprometieron a reducir en 5.2% las emisiones de gases causantes del efecto invernadero. En el año 2000 estas emisiones no habían disminuido, sino aumentado en un 10%. Países como Estados Unidos, Japón y Francia emiten 19.0, 8.8 y 6.3 toneladas de CO2 "per capita" anualmente, mientras Brasil, la India y Sierra Leona lo hacen para 1.4, 0.9 y 0.1 respectivamente.
En frase memorable, el Presidente norte-americano George Bush afirmó: "Somos el mayor poluidor del mundo. Pero, se es necesario, poluiremos, todavía más para evitar recesión en la economía norte-americana". Si el ser humano se caracteriza por ser un animal moral, la diversidad no debe ser suprimida, sino valorada ya que expresa en el plano simbólico la propia creatividad de la evolución. Y, si los valores que sustentan la construcción de las moralidades parecen no tener puntos de convergencia, debemos aguzar nuestra mirada, para además de la conducta guiada por reglas morales específicas de cada sociedad, centrar nuestros esfuerzos en la búsqueda de modelos de relaciones entre los seres humanos y las culturas. Las características comunes a la humanidad que han servido para construir las culturas, las sociedades y las moralidades son: el placer y el dolor.


CORPORALIDAD, PLACER Y DOLOR

La búsqueda de definiciones a partir de la corporalidad no es una estrategia nueva. En momentos diferentes y con objetivos diversos, pensadores como Jeremy Bentham, Wilfredo Pareto, Charles Darwin, Carlos Marx y Sigmund Freud ya habían afirmado que el placer y el dolor son elementos de la percepción sensorial que orientan la valoración social de hechos y conductas. Más recientemente Michel Foucault y Peter Singer han escrito trabajos donde señalan que el placer y el dolor condicionan el comportamiento no sólo en el plano de las ideas, de las nociones morales que prescriben las acciones correctas para un cierto sistema de valores, mas, sobre todo, en la práctica concreta de las personas, en el saber y en el hacer, en la forma y el contenido, en el pensar y en el sentir. Las variaciones que las interpretaciones culturales acarrean a las percepciones de placer y dolor no anulan su función de complemento esencial para la percepción del ambiente y la supervivencia. Al contrario, la condición de elementos de aferencia sensorial del ambiente y de las relaciones confiere al dolor y al placer el papel de mecanismos básicos de control social en todas las culturas. La posibilidad de provocar placer y de infligir dolor a los otros es una de las base de las relaciones de poder. Justificado en su propio ejercicio, el poder se legitima con el premio y el castigo, que fundamentan la idea de la justicia.
El miedo, la fuerza y el dolor marcan las relaciones entre los explotadores y los explotados, legitiman el uso social del poder y condicionan el comportamiento. El pacto social, sea el que fuera, depende de estos parámetros sensoriales.
Sabemos que las sensaciones de placer y dolor son comunes a varias especies. Respecto a los humanos son la base a partir de la cual la cultura deduce las moralidades y condiciona la conducta. A pesar de ser percibidos de manera diferente en cada contexto social, dolor y placer son inherentes a todos los grupos humanos. En cada uno de ellos y por asociaciones diversas, el placer se asocia al premio y el dolor al castigo. El reconocimiento de estos hechos es completamente generalizable. En cualquier especie, sea cuál fuere la manera adoptada por la cultura para definirlas, evitamos el dolor y buscamos el placer. Tememos y escapamos de la muerte, identificada con el dolor, y queremos la vida que representa el placer. Enfrentamos el dolor como en el caso de los héroes, ascetas, santos y mártires, sólo cuando ello es considerado una fase necesaria para la obtención subsiguiente del placer. Tomar los estímulos sensoriales como parámetros para la construcción de la ética puede, a primera vista, ser interpretado como un reduccionismo extremo. Al paradigma cartesiano mecanicista que orienta la visión del mundo y la concepción de la ciencia a partir de una separación y jerarquización entre mente y cuerpo, utilizar como parámetro para una discusión que se pretende abstracta y profunda, un modelo inherente a la corporalidad puede parecer, al menos, una blasfemia o, incluso, una tentativa insólita de imprimir a la realidad una perspectiva puramente biológica. Sin embargo, si dejamos de lado los perjuicios de la perspectiva determinista que conforma la visión científica contemporánea, parece claro que, caso en el plan de las ideas sea imposible encontrar un punto de contacto para el establecimiento de una ética que abarque la diversidad y produzca el diálogo entre las moralidades, ello es tangible en el ámbito de la corporalidad. El uso de parámetros procedentes de la corporalidad remite la discusión ética a nivel del individuo.
Si lo corporalidad humana se construye culturalmente, está en los ladrillos y el mortero de esas construcciones, el polvo común de toda la humanidad. Pués, es de esta igualdad orgánica que se levantan las voces de la pluralidad. Así, lo que parece un reduccionismo, visto a través del prisma del paradigma cartesiano mecanicista que implica un acercamiento fragmentado a la realidad, puede tornarse una síntesis visto desde una perspectiva de sistema.


DERECHOS HUMANOS, PODER E INJUSTICIA

El reconocimiento del derecho intrínseco a la vida, siendo esta considerada una experiencia más allá de la mera supervivencia, permite construir patrones éticos para las relaciones en las cuáles las diferencias entre los seres humanos no signifiquen necesariamente asimetría de poder y desigualdad. Ya que la calidad de nuestra conciencia permite dignificar el placer de otro ser humano asumiendo su derecho a la vida como meta para una convivencia ecuánime y justa, al menos luchemos para que la utilización del poder para infligir dolor sea considerada abominable.
Si la violencia es parte de la psiquis humana, el dolor que deviene de ella no debe perpetrarse cuando involucra a otros seres humanos, si frustra los intereses y deseos de los que a ella están sometidos. La experiencia del dolor físico sólo se justifica cuando es libremente consentida, cuando significa una opción para la expresión de la autonomía y no una consecuencia de la vulnerabilidad. Y, es justamente la posibilidad de cometer abusos, provocar el sufrimiento e infligir dolor, lo que engendró en el período de postguerra la Declaración Universal de los Derechos Humanos, único instrumento ético de control social de la conducta elaborado en nombre de la humanidad. Las dimensiones geográficas y la magnitud de los daños provocados por aquel conflicto agudizaron la sensación de vulnerabilidad, haciendo evidente la necesidad de crear parámetros éticos para las relaciones. El dolor y el sufrimiento de millones de seres humanos victimados en aquel conflicto tuvo su origen en la falacia conceptual de la superioridad de una "raza" sobre las otras - de una cultura, sociedad y moralidad. El impacto de ese desfigurado ideario surgió del deseo por la igualdad. El temor a esta experiencia de dolor estimuló la conciencia de la necesidad de instrumentos capaces de establecer un criterio humanista.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce la igualdad entre los seres humanos, aunque esa igualdad sea abstracta, relativa a un yo generalizado, esta Declaración introdujo por primera vez la idea de una identidad humana que está por encima de todas las diferencias. En la misma se estipula un principio común: la pertenencia a una misma humanidad en la que el derecho a la vida es inalienable.
Hoy vemos un triste cuadro con relación a nobles valores como la igualdad. El dolor y el sufrimiento concreto de los involucrados en aquel conflicto parecen cada día más distantes, y las huellas físicas que la guerra ocasionó en los cuerpos y en las mentes se han transformado en imágenes estáticas presas en el pasado. El horror frente a la barbarie y el desprecio sin sentido por la pérdida de vidas, se banaliza como una ficción en la medida que el tiempo pasa. Los ecos de los gritos de dolor y el silencio horrorizado se pierden en el barullo de la cultura de masas. Consumimos el dolor como una mercancía sentados en nuestras butacas. La vulnerabilidad y la opresión perpetrados en nombre de la igualdad y la libertad por la civilización occidental son, mientras no toquen nuestra carne, simplemente imágenes distantes que pueden olvidarse con un movimiento de los dedos que cambie el canal del televisor. Anestesiados, justificamos nuestra inercia moral frente a la miseria y la muerte, en virtud de las diferencias que hacen a los otros menos humanos que nosotros. Por encima de las ideologías, esa división de la humanidad en dos grupos desiguales ha introducido la idea de una humanidad y una subhumanidad. Una minoría en términos cuantitativos de los habitantes del planeta (humanos) que consumen recursos humanos y materiales, aquellos a quienes se le respeta el derecho a la libertad y la igualdad, y para quienes existe la posibilidad de disfrutar una existencia plena, aquellos para los que la vida puede ser un placer. Y la otra parte de los habitantes del la Tierra (¿humanos?) cuya existencia está caracterizada por el sufrimiento, para quienes libertad e igualdad están vinculadas al peso de una vida esclavizada a la satisfacción de las necesidades más perentorias y básicas. Esa inmensa mayoría en diferentes grados de carencia de poder y sometimiento debe liberarse del holocausto que los victimiza. Consumidos por la vampiresca voracidad de un sistema que se alimenta de sus cuerpos succionando la vitalidad de sus almas y que utiliza las ideas de libertad e igualdad en beneficio de su dominación y el mantenimiento de un insustentable crecimiento.

Saber y poder asociados instituirán la "Santísima Trinidad" de la nueva creencia impuesta por la minoría dominante. El saber, la ciencia, es el Padre. El poder, la tecnología, es el Hijo, la corporización en artefactos con los que transforman, asombran y asustan cotidianamente. El Espíritu Santo es la mano invisible que entre ellos aprieta, con las garras del sistema económico, los cuerpos y los espíritus. La eficiencia santifica la creencia en esta ideología que conduce los rumbos del saber y alimenta el poder de la minoría de los habitantes del planeta.
La asociación entre eficiencia y el bien, entre ciencia y verdad, sustentan la explotación económica y la opresión política. La tecnología impulsada por esta fe, amplió exponencialmente la asimetría de poder desde la postguerra haciendo totalmente desiguales las relaciones. La realidad material del grupo dominante no es ejemplo de la cotidianidad real de los pueblos del mundo. Entre los deseos de unos, la minoría que domina, y las necesidades de los otros, la mayoría sometida, existen abismos de importancia y valores diferentes. Las dañinas consecuencias, tanto humanas como ambientales, de la desenfrenada expansión tecnológica son salvajemente justificadas en nombre de la igualdad. Los nefastos efectos políticos y económicos son consecuencia de un sistema que vulnera y victimiza a la cotidianidad de millones, impuesto en nombre de la libertad hace ya más de medio siglo. La espuria apropiación de las ideas de libertad e igualdad las ha transformado en instrumentos ideológicos de dominación y explotación, legalizados por medidas políticas y sanciones económicas. La diseminación de la fe en esa libertad y en esa igualdad, aprisiona en oscuras cavernas a la mayoría, la encadena y la enceguece. El mito de esos valores son, sobre todo, prerrogativas humanas fruto de un deseo personal profundo expresado en la idea de libertad individual irrestricta, y dificulta la posibilidad de cualquier tipo de pacto que no sea la ley del más fuerte.
Impuesto como un fardo en nombre de la igualdad, el etnocentrismo de los países centrales, se convirtió en metálica cadena. Identificados con la visión del mundo de los que nos oprimen, aceptamos ingenuamente que libertad y justicia aplicadas a la vida de la manera que ellos quieren significan esencialmente parámetros de justicia incuestionables. Sin embargo, frente a las evidencias de que la asociación de esos parámetros a las estrategias de opresión alteran la esencia de su significado, continuamos creyendo en su eticidad considerando que de hecho son instrumentos usados exclusivamente para el bien.


CONSIDERACIONES FINALES

La circunscripción regional de los conflictos bélicos evidencia las diferencias entre las perspectivas morales de los diferentes contextos. La intolerancia con la diversidad resalta la fractura expuesta del choque que caracteriza la confrontación moral y el conflicto ético. Entregados de cuerpo y alma, la mayoría de los pueblos del mundo es consumida por el deseo, la curiosidad, la fe y el miedo. Esta tendencia deja de reconocer el propio poder de decir "no" y hacer callar la injusticia, olvidando el derecho individual y la creencia en la autonomía.

La autoestima, esencial para el reconocimiento del yo, está siendo asesinada cotidianamente, y la curiosidad está anulada por el temor de que el poder constituido corte nuestros más pequeños deseos. La minoría enclaustrada en el ejercicio de su poder, no usa apenas sus cuerpos, al transformar el sudor ajeno en agua para regar sus desiertos. Ello compromete la Tierra entera y la vida, convirtiéndose en hábitos de consumo y lucro que pueden ser explotados con impune negligencia. Ese uso rapaz de la Tierra y sus recursos, incluidos los seres humanos, esclaviza el útero del futuro para el deleite de unos pocos que no dudan en usar la violencia para mantener sus privilegios. Ese mundo desigual en que algunos tienen la posibilidad de sentir el placer mientras que a otros sólo les resta estar sumergidos en el sufrimiento, configura el panorama que justifica una Bioética de Intervención.
Una propuesta que, quebrando los paradigmas vigentes, reinaugure un utilitarismo reorientado a la búsqueda de la equidad entre los segmentos de la sociedad. Capaz de disolver esa división estructural centro-periferia del mundo y asumir un consecuencialismo solidario que encuentre la superación de las desigualdades.
Una propuesta que traiga la igualdad para los seres humanos dándole al ideal de humanidad su dimensión plena. Es ese panorama inhumano que nos proponemos discutir y son esas las cuestiones que lanzamos al debate de la "Bioética, Poder e Injusticia".

[1] Clouser, D. & Gert, B. Critique elf principlism. J. Méd.Phil., 15:219-236, 1990. Gert, B.; Culver, C. & Clouser, D. Principlism. In: Bioethics: a Return to Fundamentals. New York/Oxford. Oxford Press, 1997, 71-92. Holm, S. Not just autonomy - the principles of American biomedical ethics. J. Méd. Ethics, 21:332-338, 1995. (Volver)

[2] Garrafa, V.; Diniz, D. & Guilhen, D.B. Bioethical language and its dialects and idiolects. Cadernos de Saúde Pública, 15 (supl. 1), 35-42, 1999. (Volver)

[3] Garrafa, V. A Dimensão da Ética Em Saúde Pública. São Paulo. Fac. Saúde Pública. USP/kellog Foundation, 1995, 74 p. Garrafa, V. Bioética, salud y ciudadanía. Salud, Problema y Debate (Rosario, Argentina), 9(16):26-33, 1997. Granda, E. Salud: globalización de la vida y de la solidariedad. Saúde em Debate (CEBES), 24(56):83-101, 2000. (Volver)

[4] Singer, P. Liberación Animal. Madrid, Ed.Trotta (3ª. ed.), 1999. (Volver)

[5] Engelhardt Jr., H.T. Fundamentos da Bioética. São Paulo, Loyola, 1998. (Volver)

[6] Garrafa, V.; Oselka, G. & Diniz, D. Saúde pública, bioética e eqüidade. Bioética (CFM), 5(1):27-33, 1997. (Volver)

[7] Garrafa, V. & Prado, M. M. Mudanças na Declaração de Helsinki: fundamentalismo econômico, imperialismo ético e controle social. Cadernos de Saúde Pública.Escola Nacional Saúde Pública - RJ, V.17, nº06 p.1489 - 1496, 2001. (Volver)

   

Objetivos del Encuentro

La situación actual de la salud es una de las mayores expresiones de la crisis social en Argentina y en el hospital público es donde en modo más dramático se la vive día a día. La creciente demanda de atención por personas y grupos gravemente afectados en su integridad física, mental y social en un marco de falta de insumos, medicamentos y prestaciones esenciales y de carencia de respuestas razonables a las obligaciones más elementales por parte de las instituciones, supone un radical desafío a la actividad de los comités de bioética. Estos comités que desde hace poco más de diez años vienen creciendo y consolidándose en los hospitales del país con la convicción y el esfuerzo voluntario de quienes los integran, no han recibido en general los apoyos necesarios para su capacitación y funcionamiento.
Es así que hoy que debieran ser una herramienta potente para aportar propuestas de acción éticamente fundamentadas, suelen encontrarse en cambio apartados de las discusiones centrales sobre cómo asignar prioridades en medio de la pobreza o cómo valorar los aspectos morales presentes en el trato de las personas que padecen carencias, vulnerabilidad y desamparo. Como si todas estas cuestiones no fueran la esencia misma del quehacer ético. Es por esto que los comités de ética de la salud deben encontrar hoy en la Argentina aquellos roles que tradicionalmente no tuvieron y que la experiencia de otros países no les ha ofrecido. América Latina padece como Región los problemas que hoy vivimos en nuestro país y que no son motivo de preocupación bioética en los países centrales, industrializados o desarrollados.


Este VI Encuentro Nacional de Comités de Etica de la Salud busca discutir entonces los principales problemas que en el campo de la salud afectan a nuestra población pasando el límite de lo que ha de ser el fundamento de la bioética y que es el respeto de los derechos humanos básicos: la identidad, la alimentación, el acceso a medicamentos, la atención del dolor y el sufrimiento. De las discusiones que se lleven a cabo en las mesas-taller a realizar surgirán nuevas propuestas de trabajo para los comités de ética en nuestros hospitales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 


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